Y DICE LA MENGANA:_
Te voy a dejar pasar
"Te miraré como se mira
a un cometa que se aleja
Ya el calor de tu estela
irá a abrigar a otros mundos
y serás un recuerdo en el cielo de mi vida
un punto brillante distante y diminuto.
No se detiene a un cometa
Sólo se le deja pasar
Quizás algún día lo entienda
Y no se me vuelva a chamuscar el alma
Seguiré habitando
en el bosque solitario de mi vida
alimentaré mis sueños
con sus frutos
Volveré a convocar
una vez y muchas veces
a estrellas, cometas, hadas y afines
a sembrar y a construir
a sentir y a soñar
ese lugar donde de vez en cuando
la felicidad pase a saludarnos
Soñador empedernido
De realidades imaginarias
Continuaré ofreciendo
El elixir engañoso de mis versos
Seguiré prometiendo
estas y otras utopías
No encuentro posible
Otra forma de vivir."
Y RESPONDE EL FULANO:_
(................................)
MORALEJA:
el que calla otorga...
La Breve Historia de un Fulano
ResponderEliminarSe podría comenzar a contar esta historia desde la vez en que regresaba de una expedición fallida al Uruguay, que sólo llegó hasta la ciudad de Manaos a orillas del río Amazonas en Brasil.
Un amigo y yo nos separamos del resto del grupo porque ya no soportábamos al dueño del vehículo donde viajábamos y preferimos quedarnos abandonados y sin dinero en medio de aquella ciudad, vetusta como un museo al aire libre, que continuar viajando con aquel sociópata neurótico.
Al principio tratamos de buscar algún trabajo para reunir suficiente dinero para regresar, pero nos fue imposible por nuestra condición de extranjeros, luego decidimos Cambiar un billete israelí de 50 Al llegar al consulado fuimos atendidos por un empleado argentino (nacionalizado brasilero) que nos dijo que el Cónsul estaba de vacaciones y el vicecónsul no podía atendernos así que nos dio unas monedas para un autobús que nos dejaría cerca de una estación de gasolina donde de seguro conseguiríamos una cola hasta Boa Vista a unos 800 kilómetros (y le creímos).
Decepcionados y resignados, tomamos las monedas y nos dirigimos al lugar indicado, pero como es de saber en ese país, ningún Camionero da cola hombres, por lo que tuvimos que pernoctar bajo un remolque y como suele suceder en estos casos, vino la lluvia con la guinda del pastel.
A la mañana siguiente la suerte estaba echada: tomaríamos el consulado y haríamos huelga de hambre hasta que nos regresaran a Venezuela.
Con las pocas monedas que nos quedaban, tomamos un autobús de regreso al consulado decididos a cumplir con aquel acto de protesta, pero fallamos por un día: era sábado y el consulado estaba cerrado.
Nuestras esperanzas se estrellaron con la verja cerrada de aquella vieja casa, pero la desesperación hace arrojados a los indecisos y la verja no era muy alta, así que le dimos curso a la toma y ya sólo nos tocaba esperar la reacción diferida del lunes (lo de la huelga de hambre sería sencillo puesto que ya no teníamos dinero para comer).
Extendimos nuestros sacos de dormir y cuando ya nos estábamos poniendo cómodos, oímos salir un vehículo del consulado: miedo, confusión, angustia y ganas de ir al baño, todo a la vez acudió a mí y quedé paralizado en el lugar de mi protesta (digamos que se podía hablar de consecuencia con la actividad planteada).
Al final nos paramos para ver de qué se trataba el asunto y en ese momento nuestra curiosidad nos dio, por fin, una ventaja: se trataba del vice-cónsul saliendo con una amiga un sábado en la mañana del consulado y nosotros nos habíamos convertido en dos testigos indiscretos y compatriotas que estaban un poquito molestos por el mal trato recibido de aquel funcionario argentino-Brasilero y su idea estúpida de pedir cola a los camioneros.
La cara de confusión de aquel infortunado funcionario, fue todo un poema. Sólo basta decir que el consulado tenía piscina y que la comida del restauran de la cuadra era muy buena.
El lunes siguiente un vehículo con placas diplomáticas nos llevó Hasta la Rodoviaria (Terminal) con instrucciones del vicecónsul de montarnos en el primer autobús que saliera para la ciudad de Boa Vista, con una carta para el consulado de esa ciudad donde solicitaba toda la colaboración posible para que pudiésemos llegar hasta Santa Elena en la frontera venezolana.
El camino de regreso me deparó varias desilusiones: la muchacha de Santa Elena a la que no le interesaba para nada un nómada harapiento como yo, luego el proyecto de colaborar con los mineros de Tumeremo; vacío y ajeno, le siguió una absurda supervisión en Cumaná sobre la posibilidad de una escuela insurreccional, donde aproveché para volver a ver a Estrella.
Y el disparatado desenlace de aquel alocado viaje, donde terminé haciendo parte de la toma y ocupación de un Decanato de la universidad de aquella ciudad.
Un amigo que me necesitaba fue a rescatarme de toda aquella locura y volví de nuevo a Caracas.
continua...
Regresé rodeado de misterio y de una extraña admiración por aquel atolondrado periplo, fama que era requerida por mi amigo para safarse de una situación bastante complicada.
ResponderEliminarEn verdad yo sabía que estaba siendo utilizado por aquel “amigo” pero la falta de interés en la vida, con la que había regresado de aquella malograda expedición, me condujo a dejarme llevar hasta donde quisiesen las circunstancias llevarme.
Fue así como la volví a ver; el más imposible de mis imposibles amores, aún recuerdo aquella ocasión nueve años atrás, donde solté aquella frase infeliz, salida desde el fondo de mi absurda tendencia hacia el rencor, negándome a aceptar su cercanía porque ya ella había rechazado tal propuesta en otra ocasión, así que no quise creer que me quería y me tragué mi amor diciéndole: “ya no podemos ser lo que una vez no fuimos”.
Sí, es cierto satisfice mi orgullo, pero a costa de mi corazón y creo que aún me sigo castigando por haberlo hecho, aunque a veces mi inseguridad me consuela diciéndome: “tal vez no era en serio lo que ella decía, tal vez sólo quería jugar contigo”.
Bueno eso ya nunca lo sabré, lo cierto fue que en medio de aquella colección de fracasos, que volví a verla y me arrasó una alegría que se desbordó de mi alma y la cubrí con ella y la celebré con poesía y me reflejé en su mirada, pero ya la mano del tiempo había hecho lo suyo y la distancias de nuestras almas multiplicaba por varios millones la distancia de nuestros cuerpos.
Y así la vi partir de nuevo, alejándose para siempre y dejándome una ensalada de dolor, nostalgia y orgullo, como entrada para la cena de soledad con la que tenía habituada a mi alma.
Ahora parecía la sombra de mi sombra; un punto oscuro en la ya bastante larga noche de mi vida. Otra vez mi amigo vino en mi auxilio y cuadramos una cita doble, sólo había pasado una semana de aquella cena terrible y fría, en verdad me sentía a la deriva, como una bola de billar esperando un golpe que la hiciera cambiar de lugar, anhelando cualquier movimiento en la dirección que fuera.
Y así la conocí a quien sería mi primera esposa; tan sombría como yo, sin dirección, ni motivación, ni destino; las dos mitades de un mismo abismo.
Nos entregamos nuestros vacíos, nuestras soledades, nuestro cansancio por tanto frío y tanta ausencia.
Y se dio el contrasentido de la intensidad, estallamos en pedazos como si la cubierta de sombras que nos vestía hubiera estado represando lo que en verdad éramos y una noche se convirtió en cuatro días y nos perdimos del mundo y sólo soñábamos con nuestros cuerpos desvestidos y fundidos en un solo deseo.
La realidad nos tocó la puerta y nos envió de nuevo a nuestras soledades, que con cargos severos de adulterio nos condenaron nuevamente a la distancia.
Pero esta vez ni la duda, ni la vergüenza, ni el orgullo me impedirían luchar por ella; contra-demandaría a nuestras soledades por daños morales a nuestras almas y exigiría su presencia como única indemnización posible.
Pero ella aún no estaba lista, aún militaba en sus temores y esa inseguridad la hizo salir huyendo, aún cuando el fallo había salido a nuestro favor.
Yo salí tras de ella, la busqué y le rogué, traté de convencerla de que valía la pena intentarlo, total no perdíamos nada, pero fue inútil ella se opuso al veredicto y ante tal desacato la corte ordenó su olvido.
El ejercicio del olvido es una ficción aunque al aplicarlo se suelen perder cosas valiosas como el amor (por ejemplo).
continua
Después de un tiempo, ella quiso apelar al veredicto de olvido y corrigió su desacato yo busqué su nombre en mis archivos pero no apareció su expediente por ningún lado, aún así fingí que lo había encontrado y quise darle curso a la sentencia absolutoria, pero como dije antes, ya no quedaba nada en mis archivos.
ResponderEliminarCaminamos juntos un largo trecho, su presencia en mi vida fortaleció mi tallo y mis raíces, pero su abono se hacía insuficiente; la savia que corría por mi tronco exigía más nutrientes y fue así como fueron mis raíces a buscar otras tierras.
Encontré tierra fértil pero en una parcela ajena, aún así sucumbí al placer de aquellos nutrientes ajenos y al seguir creciendo sin tierra propia, me fui convirtiendo en una maleza parasitaria.
Comencé a robar nutrientes ofreciendo frutos falsos, pero la falsedad de mis frutos se fue tornando en mi contra pues al no alimentar a quien me nutría, también yo me fui marchitando.
Así volví de nuevo a la parcela que antes había abandonado, ella me recibió pues necesitaba mi sombra y sabía que yo necesitaba sus nutrientes. Yo empecé a guardar mis frutos solamente para ella y ella se esmeraba por darme todos los nutrientes que yo requería.
Pero ambos sabíamos que la vida era más que reciclar nuestros afectos y entonces decidimos ir a explorar otros bosques pero aún acompañándonos mutuamente.
Un día vimos un retoño en nuestro lecho, yo me maravillé sentí más fuertes que nunca mis raíces y mis ramas, mis frutos, multiplicados por mil, se los ofrecí como tributo a aquel milagro, pero ella se negó a cultivarlo y al cortarlo se pudrieron mis raíces y me volví a convertir en una maleza parasita y rastrera.
Me volví hiedra depredadora de nutrientes, ya sin frutos engañosos sino espinas, maleza superficial, albergue de alimañas y desperdicios.
Pero hubo quien se acercó a mí para tratar de librarme de aquellas enredaderas que no dejaban retoñar mi tronco derribado.
Una llegó y se instaló en mi vida sin importarle negativas y protestas. Pero, no pude evitar enamorarme de su encanto y su inteligencia, esa maravillosa capacidad de hacerlo todo posible y convocar a la gente a entregar lo mejor de sí, en función de una causa justa. Desde que llegó, siempre estuvo a unida a mí por un amor inmenso, que la hacía capaz de darlo todo por mí y eso me hacía demasiado dependiente de ella y entonces temía dejar de ser yo mi propia tierra y eso me hacía huir de ella.
La otra era un romance imposible, una atracción postergada por ser ella una de la mejores amigas de mi primera exesposa.
Ese romance imposible se concretó cuando mi exesposa y yo nos separamos definitivamente (ella se fue de viaje y nosotros cedimos a la tentación).
Me sanaron sus cuidados y una vez recuperadas mis fuerzas me fui en busca de tierra fértil para sembrar nuestros sueños, pero hubo una dificultad: mis raíces se habían acostumbrado a la tierra fértil que me daba la primera, ella hacía que mis sueños sucediesen , pero a cambio, yo sólo podía ser de ella y para estar con ella, debía alejarme hasta de mis seres más queridos.
la primera de ellas, era la que me daba los nutrientes necesarios para florecer mis sueños.
A la segunda me ataba a una inmensa nostalgia por todo lo perdido, nos unía el vínculo de haber pertenecido a algo de lo que ya no éramos parte, algo a lo que habíamos renunciado para estar juntos.
Decidí huir de las dos, la primera me ayudó en todo lo que pudo para que me fuera y encontrara mi propio camino, la segunda prometió irme a visitar.
Así fue cómo escapé (o creí escapar) de aquel ciclo que me tenía atado a sentir el pasado, como una ficción del presente.
Temiendo el caminar por miedo al camino, desconociendo todo lo que ya había caminado, traté de demostrarme que aún podía caminar solo, me costó despegar por miedo al vuelo, pero por fin logré dejarlo todo atrás.
continua...
El proyecto que emprendí parecía mandado a hacer para demostrar que definitivamente yo no podía andar solo, el fracaso fue estruendoso y las consecuencias terribles.
ResponderEliminarMe hice de dos socios para emprender aquella aventura tragicómica, el objetivo era crear una experiencia de producción colectiva en un caserío llamado “Arenitas” situado al norte de una ciudad llanera llamada Tucupido.
Fue un salto al vacío, mis acompañantes no eran muy bien visto por parte de la gente de aquel lugar (de la que una vez fueron vecinos), había una tensión subterránea y unas cuentas pendientes llenas de polvo y telaraña que viciaban la atmósfera. Aquel pueblito árido y pantanoso, pero seco en sus esperanzas, no quería ser cambiado, quería vivir aferrado a la seguridad de su miseria.
Sólo me quedaba disfrutar la caída (si caes de boca, amortigua con los brazos y trata de voltear la cara, dejándola caer sobre las manos).
La primera quiso rescatarme: el proyecto de rehabilitación de otra comunidad, de cuyo diseño yo era coautor, había sido aprobado y según lo planeado, yo debía coordinar la parte social, pero me negué a participar, porque sabía que si aceptaba ya nunca dejaría de depender de ella, así que decidí seguir cayendo.
Aún así, decidió visitarme en aquel pueblo perdido: ella venía del noroeste, viajó rumbo sureste, en Tucupido tomó rumbo norte y terminó pasando hacia el noreste (estuvo toda la noche perdida y se quedó sin gasolina y para colmo tenía un chofer medio ciego).
Aquella noche no pude dormir esperando su llegada, por fin lo hicieron en la mañana; llegaron demacrados por el trasnocho, el calor y aquella atmósfera densa de vapores secos con olor de bosta vieja.
La alegría de aquel reencuentro aclaró por un momento el ambiente ocre-cenizo; las anécdotas y los saludos refrescaron el alma y abrieron un espacio para darle un aporte a aquel proyecto, al que había renunciado por sentir amenazada mi autonomía.
Desempolvé mis equipos audiovisuales y me dispuse a realizar una edición de unas imágenes que habían grabado del desarrollo del proyecto.
No se me ocurría nada, las imágenes eran muy dispersas, no me era posible articular ningún discurso, todas las cintas eran callejones sin salida, pero ella confiaba ciegamente en que yo podría lograr algo con todo aquello.
La noche pasaba rápidamente y no llegaba la idea, hasta que el viejo Alí cantó: ¡claro¡ construiría una metáfora, donde la gente se viera a sí misma asumiendo las riendas de su propio proceso y para eso el viejo Alí era el propio.
Revisé las imágenes mientras escuchaba la música del nuestro Alí Primera y la llenaba con imágenes de pueblo trabajando por su liberación; imágenes de solidaridad y alegría; de esa belleza escondida en lo común, en lo cotidiano en lo sencillo. La mirada que se levanta hacia la esperanza.
Al amanecer logré editarle dos micros y pude ver su alegría por las expectativas cumplidas y superadas (modestia aparte).
Fue triste la despedida, yo me moría por ir con ella a aquella aventura de probar que teníamos razón: que la revolución partía de la autoliberación y el autoreconocimiento y estos partían del desarrollo de una lógica colectivista de “Todo a favor de Todos” y del desarrollo de la capacidad colectiva de aprender a aprender (la Construcción y Comprensión Colectiva de Conocimientos). Pero cómo ir a predicar la autonomía y la nueva cultura colectivista-productivista, si yo mismo no podía ser autónomo; ella me hacía dependiente y eso era un contrasentido en mi vida, así que la deje ir.
Volvieron los días pesados de sudor con tierra, continuaba mi caída: el dinero se acababa y todos los negocios habían fracasado, decidí seguir esperando (cayendo).
continua...
Que triste no aparecer nunca en esos relatos...
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